Rey David vs. Jesucristo

Por Alberto Fernández

En las semanas previas, había reflexionado acerca del vacío existencial que provoca el ateísmo. Había comentado que no son iguales todas las creencias ni todas las increencias. Mencioné que diversas comunidades del primer siglo mostraron haber descubierto a un Dios en el que quizás podría merecer la pena confiar y que volcaron su descubrimiento en lo que conocemos como Evangelios. Vimos que para conocer al Dios de los evangelios era importante descubrir antes al Dios judío. Nos hemos asomado a la noche en la que el Dios de Moisés actuó a favor de los esclavos de Egipto. Hemos sabido del Dios de la fe, el que confió en Abraham, a quien prometió gran descendencia y tierras. El tercero de los grandes patriarcas de Israel es el rey David. No sólo es importante para el pueblo judío. Los Evangelios de Marcos, Mateo y Lucas consideran a Jesús del linaje de David, y por tanto su heredero. Su historia nos la cuentan varias tradiciones entremezcladas en los dos libros de Samuel, desde 1Sam 16. Su muerte es narrada en el comienzo del primer libro de Reyes. Encontramos otro relato más idealizado en el primer libro de Crónicas desde 1Crón 11.

David era un pastor oriundo de Belén de Judá. Hijo de Jesé. Elegido por Dios para pastorear a su pueblo, cerca del año 1000 antes de Cristo. Coronado rey tras la muerte de Saúl, conquistó la ciudad de Jerusalén y unificó bajo su reinado los territorios de Judá e Israel.

Salvó a su pueblo de ser esclavizado por los filisteos. Fue considerado un libertador, un salvador, un mesías. Con excepción de sus momentos de debilidad, su actitud hacia el pueblo hebreo fue, en términos generales, diligente y leal. Receptor de las bendiciones prometidas a Abraham, los reinados de David y de su hijo Salomón alcanzaron el cúlmen del esplendor en la historia del judaísmo. Vendría después un progresivo declive. En la época de Jesús, el imperio romano tenía subyugado al pueblo judío, que vivía en la encendida esperanza de que un nuevo rey David devolviese el señorío a Yahveh sobre Jerusalén y sobre todos los territorios arrebatados. Rechazaban a la religión romana y a sus dioses. El sentimiento general era el de no aceptar otro rey que a su Dios y a aquel que fuese elegido por Yahveh para representar su autoridad regia.

En el siglo primero, algunas comunidades dijeron haber descubierto en Jesús al sucesor del rey David, al nuevo libertador, al nuevo mesías, comienzo del definitivo reinado de Dios. Pero otros no aceptaron esta creencia y continuaron esperando al David batallador que devolviese tierras y hegemonía política al pueblo. Se tildó de escándalo y de locura la nueva creencia cristiana que consideraba rey, libertador, mesías, a alguien que muere ajusticiado, colgado de un palo, como un fracasado, como un maldito. Una lectura superficial de la historia salvífica, en el contexto bíblico, parecería otorgarles la razón.

Entonces, ¿cuál es el secreto de estos «locos» por el Nazareno?

Comparto esta semana las reflexiones de Pablo de Tarso en 1Cor 1,22-25. La cruz de Cristo es «escándalo para los judíos, locura para los paganos».

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