Respuesta a un «teólogo, amigo» de Xabier Pikaza

Dice este “colega, amigo” de Xabier Pikaza: “No tengo la más mínima intención de entrar en la competición de quién hace aquí las afirmaciones más originales, o más de moda sobre el sacerdocio de las mujeres… para captar más lectores.” ¿Pretende insinuar este «teólogo» que Pikaza utiliza carnaza para conseguir más lectores?

No sabe este “amigo, colega” que la idea fundamental de Pikaza es la Comunión Eclesial que se echa de menos en algunos que suelen hacer las cosas por la brava.

En el Nuevo Testamento, el concepto de comunión encuentra ante todo su expresión en el término koinonía (19 veces). En Pablo (14 veces). Koinonía significa en el Nuevo Testamento una manera de vivir, de ser y de obrar, una relación con Dios y con los hombres característica de la colectividad cristiana.

En la eclesiología del Vaticano II el misterio de la Iglesia se describe, definitivamente, como koinonía. Afirma LG 1, «la Iglesia es en Cristo como un sacramento, es decir, como signo e instrumento de la comunión íntima con Dios y de la unidad del género humano».

El Concilio Vaticano II, haciendo referencia a las diversas imágenes bíblicas que iluminan el misterio de la Iglesia, vuelve a presentar la imagen de la vid y de los sarmientos: «Cristo es la verdadera vid, que comunica vida y fecundidad a los sarmientos, que somos nosotros, que permanecemos en Él por medio de la Iglesia, y sin Él nada podemos hacer (Jn 15, 1-5)». La Iglesia misma es, por tanto, la viña evangélica. Es misterio porque el amor y la vida del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo son el don absolutamente gratuito que se ofrece a cuantos han nacido del agua y del Espíritu (cf. Jn 3, 5), llamados a revivir la misma comunión de Dios y a manifestarla y comunicarla en la historia.

No sé si este “teólogo” se preguntó también  alguna vez si la “vocación” de algunas mujeres es interés por servir o la necesidad un salto a la fama. Hay algunas mujeres   que sí quieren seguir al Señor, pero por interés, acordémonos de la mamá de Santiago y de Juan: “Señor, te quiero pedir que cuando partas la torta, le des la parte más grande a mis dos hijos, uno a tu derecha y otro a tu izquierda.” Estas mujeres podrán funcionar como un parche en una llanta pinchada pero no como una auténtica reparación, porque sin duda en cualquier momento puede dejar de funcionar.  Lo más difícil de esta situación es que a muchos pastores será  harto complicado retirarlos del cargo que se les dio cuando ya hayan tomado demasiado  control de la Iglesia, y pueden llegar a volverse una amenaza de división.

 La vida cotidiana está llena de pequeños actos de altruismo, desde dar de comer a un extraño, ayudar a un vecino que se siente mal, hasta dar dinero a las personas que no tienen hogar.  Para ayudar no hay excusas si realmente se tiene voluntad de hacerlo, en el caso de que no se tengan bienes materiales que aportar, o dinero para donar, siempre está la opción de colaborar físicamente ofreciendo tu tiempo como voluntario en campañas como las de recogida de alimentos.

Si tu situación te lo permite, puedes colaborar regularmente con alguna ONG que trabaje con personas que lo necesitan como ancianos, niños, discapacitados, o personas en riesgo de exclusión.

Tanto como de cualquier tipo de aportación económica necesitan de afecto. Estas personas tienen en ocasiones serias carencias afectivas, y de comunicación. Con tan solo permanecer a su lado, escucharle, y entenderlo, ya estarás realizando un gran trabajo.

«No muerdas a la mano que te dio  de comer». Es decir, hay que saber agradecer a quien nos ayudó. Desde muy pequeños aprendimos que «al que a uno le da de comer, nunca su mano debes morder».

La pobreza no sólo consiste en tener hambre de pan, sino más bien en tener un hambre terrible de dignidad humana. En Occidente tenemos más personas espiritualmente pobres que físicamente pobres. Entre los ricos suele haber personas muy pobres espiritualmente.

¿Qué quiso decir Jesús con la frase «pobres en espíritu»? Primeramente, debemos notar que Jesús no dijo: «Bienaventurados los pobres en el bolsillo». Es cierto que los pobres con respecto a las cosas materiales tienden más a ser pobres en espíritu (ver 1a Corintios 1.26–29 y 1a Timoteo 6.9), sin embargo, es posible ser pobre y aún así tener un espíritu orgulloso y altivo.

Isaías demostró la clase de espíritu que desea Dios. Cuando vio al Santo y Altísimo, vio que él no era nada. Dijo: «¡Ay de mí! que soy muerto; porque soy, hombre inmundo de labios, y habito en medio de pueblo que tiene labios inmundos» (Isaías 6.5). Más tarde dijo que «todas nuestras justicias son como trapo de inmundicia» (64.6). Cuando veo lo que tengo para ofrecer a mi Señor puro, yo, como Isaías, tengo que decir: «¡Ay de mí!».

Un buen ejemplo de lo que quiere decir ser «pobres en espíritu» se encuentra en la parábola del fariseo y el publicano (Lucas 18:9-14). Por un lado, el fariseo se consideraba justo. Reconocía que no tenía defectos espirituales en su persona y no sentía necesidad de ayuda divina. Por otro lado, el publicano era pobre en espíritu. Se dio cuenta de que era un pecador, que necesitaba desesperadamente de la misericordia de Dios.

Un hombre puede ser limpio en lo moral, honesto en los negocios y generoso al dar y aún así ser rechazado por Dios si no es «pobre en espíritu».

¡La pobreza tampoco se puede predicar sólo para los demás…!

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