La vida humana es un don de Dios

Existen hechos que demuestran cómo los políticos y las legislaciones contrarias a la vida están llevando a la sociedad hacia la decadencia moral, demográfica y económica.

La vida humana, desde la concepción a la muerte tiene un valor sagrado. Es un Don de Dios. Los hombres no tienen derecho a quitarla, ni a legalizar que otros la quiten. Y mucho menos los médicos (cuya profesión debe consistir en salvar las vidas) y los políticos (cuya misión debe consistir en defender el derecho, especialmente, el de los más indefensos)

Es indiscutible que la Iglesia ha sido la gran defensora de la familia, de la vida, y la dignidad de las personas, y, su elocuente defensa pocas veces recibió la atención y el interés de los gobiernos y los organismos internacionales.

En un par de generaciones nada más, se ha ido legalizando el aborto, la eutanasia y el infanticidio tolerado en la práctica (Holanda y otros países  occidentales). Hoy se habla de Derechos Humanos (un concepto originalmente cristiano). Pero esos derechos, son ignorados en la práctica a una escala sin precedentes. El cristianismo sostiene que todo ser humano tiene un destino eterno; el neo-paganismo contemporáneo afirma que un ser humano es un animal, algo más evolucionado, pero un animal como otro cualquiera. El cristianismo lo tiene todo que temer y que esperar de esta vida, sin embargo, para el pagano sólo aquí y ahora hay algo que temer y algo que esperar…

Para transmitir y preservar la vida es necesario amar la vida, los que defendemos la vida tendremos que seguir luchando nuestras pequeñas batallas diarias, bajo la mirada de Dios, preparando un renacer de la cultura de la vida.

En épocas recientes la eutanasia no ha sido legal en ningún país – salvo la experiencia nazi- la experiencia del nazismo no es de la remota antigüedad o de un pueblo salvaje y primitivo, sino de mediados del siglo XX y de unos pueblos más tecnificados y cultos de su época. Tampoco se refiere a un pueblo señaladamente sanguinario e inhumano, sino a un pueblo normal, en la que sólo unos 350 médicos de los 90. 000 médicos alemanes aceptaron la realización de unos crímenes, con los resultados escalofriantes que después se han conocido. Y todo esto fue posible porque se aceptó la teoría de las “vidas humanas sin valor vital”, es decir, las vidas humanas que, por su precariedad, no merecen ser vividas.

Hoy existe la tendencia a solucionar los problemas por la vía más rápida. La legalización es el camino más rápido, pero no el mejor. Un ordenamiento jurídico que legalice la eutanasia no soluciona los interrogantes planteados en torno al morir. En este caso, la ley permisiva aumenta los problemas, sin olvidar los usos inhumanos que podrían derivarse. Y lo peor es el descrédito que se origina en relación con la vida más débil y necesitada de protección.

El sacrificio de seres humanos enfermos, ancianos o impedidos para que no resulten gravosos a los familiares, o para mejorar las condiciones económicas de la colectividad es una manifestación de totalitarismo, es decir, de  prevalencia de la colectividad sobre los individuos hasta el extremo de despreciar el derecho de estos incluso  a vivir si son un estorbo para aquella.

El dolor cuando es asumido con fe y esperanza no destruye al ser humano, sino que contribuye también a engrandecerlo. La fe en Jesucristo resucitado nos lo dice bien claro a los cristianos. El sufrimiento puede sumir en la desesperación, pero puede también desarrollar en quienes lo encaran por amor y con esperanza capacidades físicas y morales insospechadas. ¡Ninguna persona es jamás inútil! Pero quien sostiene su vida en medio del sufrimiento es, si cabe, útil en grado sumo. Su actitud integra y valerosa es el mejor muro de contención contra la marea de la “cultura de la muerte”

La verdadera piedad y compasión no es la que quita la vida, sino la que la cuida hasta su final natural. Las ciencias humanas lo confirman cuando hablan de que el moribundo necesita no sólo una atención médica puramente técnica, sino también un ambiente humano y la cercanía de sus seres queridos con los cuidados necesarios que le permitan aliviar el dolor y vivir con serenidad el final de esta vida.

El ser humano ha sido creado para ser feliz, por eso, rechazar el dolor es justo y no es censurable. Hoy en día la medicina ofrece un buen arsenal terapéutico para el sufrimiento.

El Buen Samaritano que deja su camino para socorrer al enfermo, es la imagen de Jesucristo que “encuentra al hombre necesitado de salvación y cuida de sus heridas y su dolor con el aceite del consuelo y el vino de la esperanza”.

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