Los sacerdotes son como los aviones: sólo son noticia cuando caen.

“Los sacerdotes son como los aviones: sólo son noticia cuando caen.”
(Francisco, Roma, 2014)

No se arregla nada con que algunos casados puedan ser sacerdotes, ni que se ordenen algunas mujeres, en la forma actual del sacerdocio clerical

En las circunstancias actuales, ‘ordenar’ algunas mujeres o casados para este sacerdocio clerical sería un engaño, una mentira, una equivocación

El Papa Francisco cierra la posibilidad de ordenar sacerdotes a hombres casados y se limita a proponer un mayor protagonismo de los laicos y de las mujeres en estos territorios. «Clericalizar la Iglesia es hipocresía farisaica». «No a la hipocresía. No al clericalismo hipócrita. No a la mundanidad espiritual». «Que Dios nos conceda esta gracia de la cercanía, que nos salva de toda actitud empresarial, mundana, proselitista, clericalista, y nos aproxima al camino de Él: caminar con el santo pueblo fiel de Dios». Afirma el Papa Francisco

Lo que importa y hace falta no son más sacerdotes clericales, sino nuevos y distintos sacerdotes, en la línea de Hebreos, de 1 Pedro, del Apocalipsis de Juan.

La afirmación reformada del sacerdocio universal de todos los fieles (1 Pedro 2:9; Apoc 1:6; 5:10) impulsa, lógicamente, un proceso de progresiva democratización dentro de la Iglesia, y por consiguiente dentro del mundo moderno.

Para Luterotodo cristiano es un sacerdote y un ministro de Dios, y toda la vida, todo empleo y oficio, son vocación divina dentro del mundo.

Lutero lanzó una cruzada tenaz contra las estructuras autoritarias de la iglesia medieval: «Todas y cada una de las prácticas de la Iglesia», escribió en 1520, «son estorbadas, y enredadas, y amenazadas por las pestilentes, ignorantes e irreligiosas ordenanzas artificiales. No hay esperanza de cura, a menos que todas las leyes hechas por el hombre, cualquiera que sea su duración, sean derogadas para siempre.  Cuando hayamos recobrado la libertad del Evangelio, debemos juzgar y gobernar de acuerdo con él en todos los aspectos» (Woolf  I, p.303, en Wolin p.156).

Hoy día, tanto en círculos católicos como protestantes, se reconocen los carismas de todos los fieles y se cuestiona constantemente el clericalismo y el autoritarismo que, lamentablemente, han prevalecido en la iglesia protestante como también en la católica.

La religión laica se fundamenta en la fe en el Trascendente, viviéndola a través de mediaciones laicas, no basadas en la sacralidad, en el poder, en lo privilegiado, sino “en lo más humano entre los humanos, en aquello que nos hace más humanos” (J.M. Castillo). Esta tarea la concretará cada comunidad, según el Espíritu le dé a entender, buscando, con creatividad, respuestas adecuadas a sus necesidades y posibilidades.

Jesús fue un laico, que nunca renunció a su laicidad y se enfrentó a los poderes religiosos, a los hombres “sagrados y consagrados”, tanto que lo llevaron a la cruz. ¿Cómo podía querer un grupo con las características y estructura del judaísmo? ¿Cómo puede querer hoy una Iglesia jerárquica, clerical, sacral, de estado (Vaticano), de monarquía absoluta, con un sacerdocio de “personas sagradas puestas aparte para las cosas sagradas que se hacen en el lugar sagrado”, si esto convierte a la comunidad en desigual? Jesús no quiso organizar un movimiento sobre un “proyecto sacerdotal” y menos aún “clerical”.

Y, tal y como se describe en el Nuevo Testamento, la Iglesia primitiva aparece como una iglesia sin sacerdotes, sin templos, sin altares, pero a la Iglesia se la llama “pueblo sacerdotal.

Cuando Martín Lutero lanzó su reto de reforma de la Iglesia Católica Romana, no lo hizo animado por un espíritu de innovación o rebeldía, sino movido por convicciones enraizadas en la Palabra de Dios. En la doctrina de la justificación por la fe halló la base para una solidaridad inalterable de los cristianos entre sí que hacía imposible la división tradicional entre “eclesiásticos” (los clérigos) y “seculares” (los laicos). Parafraseando Gálatas 3:28 escribe: “No hay sacerdote ni laico, cura ni vicario, rico ni pobre.

Jesús no vistió ninguna vestidura especial. Entra dentro de lo posible el que los sacerdotes judíos sí que tuvieran vestiduras clericales, pues constituían una casta. Pero, de acuerdo a lo que nos dicen las dos genealogías de los Evangelios, Jesús pertenecía al linaje de los reyes de Judá, no al de los descendientes de Leví. El Mesías no era un sacerdote del Antiguo Testamento. Además, Él comienza un nuevo sacerdocio.

Los Apóstoles, por tanto, tampoco llevaron ninguna prenda distintiva, ni tampoco sus sucesores. Obrar de otra manera, en medio de una persecución, hubiera sido una temeridad.

En las generaciones siguientes a que la Iglesia obtuviera su libertad, los clérigos siguieron llevando ropas que no les distinguían de los laicos. Si bien, en las celebraciones litúrgicas sí que iban revestidos con vestiduras especiales. Muy probablemente, los monjes sí que llevaban ropas que les distinguían como monjes.

Aunque el clero seguía vistiendo sin ropas especiales, poco a poco, en algunos lugares sí que se fue desarrollando un modo distintivo de vestir. En el año 428, por una carta del Papa Celestino, sabemos dos cosas: que en Roma no existía una vestidura clerical, pero que en la Galia algunos obispos ya la usaban. La carta del Papa, curiosamente, exhorta a que los clérigos se distingan de los laicos no por las ropas, sino por sus virtudes. Pero ni siquiera esta opinión papal pudo detener el curso de la historia que ineludiblemente llevaba a mostrar externamente esa distinción.

Todos los creyentes, por la ofrenda de nuestra vida, quedamos integrados en el sacerdocio de Jesús. Todo intento de aplicar este sacerdocio a la función sacral de unos jerarcas (obispos o presbíteros) que se llamarían sacerdotes, carece de sentido.

Hay comunidades que empiezan a reunirse por sí mismas, sin un presbítero oficial, suscitando desde abajo sus propios ministerios de celebración y plegaria, servicio social y amor mutuo etc, como al principio de la iglesia. Son comunidades que han comenzado a compartir la Palabra y celebrar el Perdón y la Cena de Señor sin contar con un ministro ordenado al estilo tradicional, pero sin haber roto por ello con la iglesia católica, sino todo lo contrario, sabiéndose iglesia. 

 El ministro cristiano debe estar al servicio del amor comunitario. No tiene finalidad administrativa ni poder social. No vale por sí mismo, como si tuviera un poder u honor distinto al de otros fieles, sino en cuanto se vuelve signo de trasparencia comunitaria y promueve (suscita, celebra) el amor en la iglesia.

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