Feijóo y Pablo Casado, Donde dije digo, digo Diego.

El presidente del Partido Popular consideraba  seis semanas después de decretar el estado alarma, este estado excepcional «desborda el ámbito constitucional» y, por lo tanto, «ya no tiene sentido». El Partido Popular se planteaba hacer volar por los aires los planes del Gobierno: de su voto afirmativo o negativo dependía que el estado de alarma se alargara más allá del 10 de mayo. “El presidente del gobierno pide medidas extraordinarias contra derechos y libertades” añadía.

Por su parte, el presidente de la Xunta, Alberto Núñez Feijóo, afirmó que para hacer frente a la crisis del coronavirus es necesario «cogobernar» con las autonomías, por lo que solicitaba al jefe del Gobierno, Pedro Sánchez, que se replanteara la aplicación del estado de alarma al que, opina, se le está dando un «uso desproporcionado». A juicio del presidente de la Xunta, como ha trasladado a la prensa de manera telemática, ha llegado el momento de «cogobernar» y poner fin a un estado de alarma que, ha apuntado, se parece más «a un estado de excepción».

Ahora Pablo Casado y Alberto Núñez Feijóo Piden una «acción sanitaria coordinada» y, ha dicho, «un mando único» para luchar contra el coronavirus. A su juicio, ésta es la única manera de controlar los «muchos rebrotes», y garantizar, ha añadido, «que la gente viva tranquila y segura». «Es necesario un plan alternativo jurídico, un plan B al estado de alarma.

Feijóo ahora desvía a ayuntamientos y Gobierno responsabilidades sobre los rebrotes de coronavirus que entran en sus competencias… Alberto Núñez Feijóo ha reducido notoriamente sus apariciones públicas para hablar del coronavirus. Atrás quedan aquellas semanas en que, apoyado en los medios públicos de comunicación, mostraba ubicuidad y ofrecía hasta tres ruedas de prensa a la semana. Ni los 1.400 casos activos, que crecen a un ritmo de más de 100 en los últimos seis días, ni las incertidumbres derivadas de los rebrotes, sacan al presidente en funciones de la Xunta de su, por contraste, discreto segundo plano.  Pero el Feijóo que tensaba y distendía su relación con Madrid lo hacía en atención a su interés político inmediato. Había elecciones el 12 de julio. Ya pasaron y en ellas logró su cuarta mayoría absoluta consecutiva.

No podemos dejar en el olvido los riesgos a los que tuvieron expuestos, tanto el personal del SERGAS como los pacientes, durante el momento más agudo de la epidemia de la Covid. Debido a la eventualidad extrema, el personal tuvo que hacer rotaciones en las que ofertaban contratos de días sueltos en Unidades de Hospitalización con casos positivos de Covid para a continuación ir a otras en donde se encontraban pacientes susceptibles a infecciones como inmunodeprimidos o neonatos. 

Ni siquiera los gestores sanitarios pueden negar la evidencia de que la sanidad gallega mostró una debilidad enorme, pese a que la Covid no golpeara con la virulencia de otras comunidades autónomas. Y esa debilidad, en parte, viene explicada por las políticas de reducción y la elevada rotación y precariedad del personal.

Ese es el camino de las políticas de contratación del actual gobierno de la Xunta de Galicia. Mentiras y mentiras. Pero la realidad es que ni se hacen ofertas públicas de empleo todos los años ni existe ese plan de estabilidad que pretendió vender a los que no conocen la verdadera realidad.

Nuestra libertad política se reduce a la elección de candidatos de gobierno y todo marcha cuando el gobierno es ejercido por personas competentes. Pero Muchas veces los menos aptos están en los grandes tronos. Sobre esto también escribió Ortega y Gasset en la rebelión de las masas… Antes mandaban los señoritos, algunos bien, pero a costa de los pobres y de la pobre gente.

La libertad política es la capacidad de confianza en ciertos programas y ciertos protagonistas pródigos en seguridades y cortesías en campaña electoral que se vuelven impenetrables, o arbitrarios y tiranos cuando, se encaraman en la poltrona. 

No cabe ceder ante las presiones demagógicas de grupos de presión, que no tienen en cuenta  ni la verdad ni el bien. Al menos, no el bien común: sólo el bien de cuatro desquiciados.

Si cada nación tiene los políticos que se merece, quizá pudimos  haber tenido la oportunidad de demostrar que nos apuntábamos a otra cosa. Pero sin olvidar que todos los partidos políticos se han convertido en estructuras de pecado y todos ellos rechazan la realeza de Cristo.  La capacidad de gobierno dependerá de la integridad moral y de un alto grado de conciencia. Solamente quien es capaz de vivir una ética basada en los principios tradicionales puede hacer que un pueblo alcance una vida próspera y feliz.

El Político que se considere cristiano debe promover una mayor igualdad social, procurar que cambie la actual estructura clasista de nuestra sociedad. Pero lo que un político no podrá aceptar nunca como línea de conducta es el uso de determinados medios, como la mentira, la venganza, o la calumnia.

Los propios partidos políticos  son los que deben actuar con rapidez ante cualquier indicio de comportamiento corrupto o de aprovechamiento de lo público a favor de intereses privados y personales.  

El afán de poder nos sólo se reduce a la pertenencia a una clase social. Este afán de poder sigue ejerciendo una gran influencia, tanto en países capitalistas como en países socialistas de muy distinto signo.

Ética y política son los ojos de un mismo rostro; la política no puede operar acertadamente sin la ética. En la cultura clásica moderna, de aquellos que ejercían la política con ética, se decía que tenían “decorum”; tener decorum era garantía de ser un político honesto, discreto y justo. En su vida obras paralelas afirmaba Plutarco que “el hombre es el más cruel de todas las fieras, cuando a las pasiones se une el poder sin virtud” y Cicerón, en su arriesgado y valiente ataque en sus “Verrinas” contra la corrupción del tirano Verres de Silicia: “cuando los políticos no se rigen por la ética, son como las hienas a la caza del poder”

La política puede ser la más noble de las tareas; pero es susceptible de ser el más vil de los oficios.Si los que nos gobiernan necesitan una integridad ética indiscutible, la misma integridad necesitamos los gobernados, y si no, ¿qué hacemos cada  cuatro años, dando nuestro voto de confianza a quien sabemos que nos está engañando y lo va a seguir haciendo de nuevo?

Todo esto, sin entrar en el escenario kafkiano actual de la vida política española, el país del chiringuito y la pandereta. España es mucho más que esta mediocridad a la que nos quieren forzar estos partidos totalitarios con cara de meapilas.

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