Adorarse a sí mismo es tarea placentera

Hace pocos días he podido ver en la prensa y en la página diocesana que El “buque insignia”, por así decir, de esta singladura episcopal es, sin duda, el Plan Diocesano de Unidades Pastorales (PDUPA)”. Continúa la misiva del obispado de Mondoñedo con lo siguiente“Esta organización de la pastoral, en equipo, con una dedicación y trabajo ejemplar -con constantes encuentros y puestas en común- por parte de todos (vicarios, delegados, tanto sacerdotes como laicos, religiosos) y un seguimiento exhaustivo por parte del mitrado, con total disponibilidad para bajar a la arena y arremangarse, ha sido la línea de actuación durante estos cuatro años y medio.”

El que habla de sí mismo busca su propia gloria; pero el que busca la gloria del que le envió, éste es verdadero y no hay injusticia en Él. Juan 7:18

Los Magos comienzan manifestando sus intenciones. La adoración es la finalidad de su viaje, el objetivo de su camino. De hecho, cuando llegaron a Belén, «vieron al niño con María, su madre, y cayendo de rodillas lo adoraron». Si perdemos el sentido de la adoración, perdemos el sentido de movimiento de la vida cristiana, que es un camino hacia el Señor, no hacia nosotros. Es el riesgo del que nos advierte el Evangelio, presentando, junto a los Reyes Magos, unos personajes que no logran adorar.

Uno de estos personajes que no logra adorar al Señor es el rey Herodes, que usa el verbo adorar, pero de manera engañosa.

Bonhoeffer  escribió su libro «Vida en comunidad», en el que plantea ideas importantes  en cuanto al servicio cristiano.  La comunidad de creyentes no debería estar orientada a las grandes hazañas de filantropía para calmar la conciencia, sino que debe realizarse pensando en primer lugar en la ayuda material,  en las pequeñas cosas de las que está hecha la vida de cualquier comunidad.

¿Qué nos enseña esto? Que el ser humano, cuando no adora a Dios, está orientado a adorar su yo. E incluso la vida cristiana, sin adorar al Señor, puede convertirse en una forma educada de alabarse a uno mismo y el talento que se tiene.

Así las cosas, se descartan la participación de los laicos para solucionar los problemas de la falta de clero. Para solucionarlo, pusieron en marcha las Unidades Pastorales (UPA), Agrupación de parroquias. Agrupaciones que están llamadas al fracaso. Tal orientación pastoral se basa más en una línea de repliegue que en una pastoral de expansión… es una política de repliegue y de renuncia a intentar cambiar el ciclo imparable de descristianización de la sociedad. No piensan en la revitalización de las parroquias tal como tradicionalmente se ha entendido. Tampoco se molestan en buscar nuevos medios para la conversión de las personas a Cristo: misiones parroquiales, ejercicios espirituales, nuevos métodos de evangelización.

En lugar de todo esto, se cierran librerías religiosas con el pretexto de que no son rentables. Algunos eclesiásticos han caído en la trampa de la planificación y el mercado, aplicando a la Iglesia Católica las formas del sistema.

Ya no quedan obispos como Pedro Casaldáliga que se despojó de su sotana, vestía pantalones vaqueros, calzaba chanclas y vivía en una casa pequeña de campesino. Sus ideas y línea pastoral, inaugurada con el documento “Una iglesia de la Amazonía en conflicto con el latifundio y la marginación social”  Casaldáliga presentó su renuncia en 2003 al cumplir los 75 años como obispo, como establece el Código de Derecho Canónico. Una renuncia que fue aceptada por el Vaticano dos años después. Cuando encontró sustituto para él le pidió que abandonara la diócesis, orden de la que hizo caso omiso.

Nunca volvió a España, ni siquiera para asistir al entierro de su madre. No abandonó la misión porque creía que si cruzaba las fronteras no le dejarían volver de nuevo. «Esta es mi tierra en la Tierra», decía. Durante más de 50 años vivió en su diócesis, en una modesta casa de campesino, sin humillarse ni amilanarse nunca, ni siquiera cuando vio asesinar a sus pies, por policías militares, al jesuita Joâo Bosco Burniera, su colaborador. Fue coherente con su lema: «No poseer nada, no llevar nada, no pedir nada, no callar nada y, de paso, no matar nada».

No cabe duda de que a la autoridad le resulta más cómodo un súbdito pasivo y receptivo que uno que interroga y creativo. Así, podemos escuchar predicaciones que parecen correcciones y llamadas de atención, y no precisamente fraternas, como si la misión de los sacerdotes fuera recriminar y amonestar en lugar de ilusionar y animar a sus fieles. Esto también es fruto de un clericalismo que abunda mucho en la Iglesia, como ha dicho el Papa. Hay sacerdotes que se sienten más dueños que servidores: «Aquí quien manda soy yo”. Algunas homilías no son sino el reflejo de esa autoridad trasnochada.

En el año 2015, en una entrevista de un diario regional, el vicario general hablaba de la posibilidad de utilizar casas rectorales o casas habilitadas con ayuda de Cáritas o de feligreses que quieran colaborar. El obispo de Mondoñedo hacía estas declaraciones en la web diocesana: «Trabajemos todos por superar la lacra que representa la exclusión social» Pero parece que el proyecto se ha quedado en papel mojado… En la diócesis todavía quedan  rectorales vacías que se están deteriorando por la falta de uso.

Los “logros” se limitan a cerrarlo todo, hasta la librería.

Vemos la preocupación y acción del Papa Francisco, pero aquí no llega ni el eco.

Pues bien, hoy en día, adorarse a sí mismo es tarea placentera. Y a esto se ven más tentados los llamados hombres públicos que, como pasan la vida subidos a plataformas, púlpitos y pedestales, tienen fácil tendencia a olvidar su estatura.

El lenguaje clerical se parece en muchas ocasiones al que se utiliza en política. Tiene unas características especiales y un poder enorme para hacer llegar a los ciudadanos los mensajes que se desean, tanto en la forma como en el contenido.

Además, decía el catedrático de Gramática Histórica, Eugenio de Bustos, que el «El lenguaje político, como todo lenguaje, no es inocente. Intenta siempre, de alguna manera, mover al oyente en una dirección determinada, manipular nuestra conciencia».

Las palabras son poderosas y eso lo saben los jerarcas y los líderes políticos.

Lo que no es nuevo es el hecho de manipular el lenguaje. Ya Quevedo (1580-1645) en “El mundo por de dentro” nos decía: “Pues todo es hipocresía. Pues en los nombres de las cosas ¿no la hay la mayor del mundo? El zapatero de viejo se llama entretenedor del calzado; el botero, sastre del vino, que le hace de vestir; el mozo de mulas, gentilhombre de camino;… la putería, casa; las putas, damas; las alcahuetas, dueñas; los cornudos, honrados. Amistad llaman al mancebamiento, trato a la usura, burla a la estafa, gracia a la mentira, donaire a la malicia, descuido a la bellaquería, valiente al desvergonzado, cortesano al vagamundo, al negro, moreno…”

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