OLGA LUCÍA ÁLVAREZ BENJUMEA, CUATRO AÑOS DE OBISPADO

Hay algunas mujeres que quieren seguir al Señor, pero por interés. Recordemos a la madre de Santiago y de Juan: “Señor, te quiero pedir que cuando partas la torta, le des la parte más grande a mis dos hijos, uno a tu derecha y otro a tu izquierda”.

Siempre se dijo que la Iglesia convoca a través de la palabra y de los sacramentos, pero rara vez será una celebración litúrgica de los ricos la que convoque espontáneamente a los pobres y sin embargo, lo contrario si ocurre.

La raíz de la capacidad de convocatoria reside en que para los pobres, la liturgia y la palabra tienen la capacidad de evocar el origen de la fe y generar su misión correcta.

La iglesia de los pobres reconoce y admite que el obispo sea cabeza unificadora de la diócesis y ejercite el ministerio de la unidad, pero ese ministerio es realmente unificante cuando el obispo escucha la voz de su pueblo y este reconoce en el obispo su propia voz y ve en él al buen pastor que está dispuesto a dar a su vida por las ovejas, al contrario de lo que hacen muchos jerarcas de la Iglesia, que sólo están dispuestos a trasquilarlas y a ordeñarlas.

No es el caso de esta obispa colombiana. Olga Lucía Álvarez Benjumea es una mujer que me recuerda al Jesús de los Evangelios. Una mujer entregada a las circunstancias vitales de los demás. Sigue el ejemplo de María, la madre de Jesús, que sale corriendo, llevándolo en su vientre, a compartirlo con su prima, pasando por terrenos peligrosos y María de Magdala, que también tiene prisa por llevar el anuncio, que Jesús, el Resucitado, le entregó para que lo llevara a sus amigos en Galilea.

Olga Lucía Álvarez Benjumea, una mujer de 78 años, aprendió en su hogar, con sus padres, a cultivar la fe y los valores cristianos, como ella misma describió en una carta que envió hace un año al papa Francisco. La Obispa quiere una sola cosa: que los jerarcas de la Iglesia Católica anulen la norma por la cual solo los hombres pueden ser ordenados como sacerdotes (Canon 1024): “El 8 de diciembre de 1965, durante el Concilio Vaticano II, en el discurso de Clausura, la voz de Pablo VI se dejó oír diciendo: “Ha llegado la hora en que la vocación de la mujer se cumpla en plenitud, la hora en que la mujer adquiera en el mundo una influencia, un peso, un poder jamás alcanzado.”

Olga Lucía tiene un tono de voz recio, de matrona antioqueña dispuesta a romper con tradiciones que para las mujeres, son cadenas. Una obispa fuerte, alegre y cercana, con convicción íntima de que han de cambiarse muchas cosas en la Iglesia y una de las principales es liberar las conciencias de las gentes y liberarlas de tanto temor inoculado en ellas por siglos. Trabajó en la oficina de Monseñor Gerardo Valencia Cano, como su secretaria, en Buenaventura y éste se convertiría en su maestro: “Nunca le vi mitra, báculo, ni color morado…” “Él fue el que me enseñó, me formó, me cuestionó, me impulsó al servicio de los más necesitados, en la Iglesia Pueblo de Dios”. “El que decidiera no llevar vestimentas diferentes, o clericales, no le hizo perder su dignidad, y autoridad como pastor. Toda la gente del Puerto de Buenaventura le quería, con todas sus veredas incluidas, a todos nos dejó, impresa la huella de cómo es el sentir y vivir el compromiso con la Iglesia y desde ella”

Afirmaba esta obispa en una entrevista: “Voy a pie, en bus, en el Metro, o en el Transmilenio (Bogotá). No tengo guardaespaldas.”

“Necesitamos curas, sí, pero diferentes de ellos”. “Muy fácil ser cura, cuando sólo buscan el poder y que les rindan pleitesía”

Cierto Olga “Los gozos y las esperanzas, las tristezas y las angustias de los hombres de nuestro tiempo, sobre todo de los pobres y de cuantos sufren, son a la vez gozos y esperanzas, tristezas y angustias de los discípulos de Cristo.” (GS n1) Por el momento, es la Iglesia de Base y las mujeres como tú, quienes ponéis todo esto en práctica. La jerarquía se limita a dar consejos sobre el particular, a conservar y guardar celosamente sus tesoros, y a luchar por las prebendas, a elaborar documentos que establecen normas y más normas, que al final deben ser cumplidas por el Pueblo de Dios, sobre todo por los laicos a los que se hace eternamente dependientes mediante una colonización de sus conciencias.

“No hay en Cristo y en la Iglesia ninguna desigualdad por razón de la raza o de la nacionalidad, de la condición social o del sexo” (LG. 32, b).

Lo necio del mundo escogió Dios para avergonzar a los sabios, y lo débil del mundo escogió Dios, para avergonzar a los fuertes;” (1 Corintios 1:27).

Uno de los versículos más alentadores de la Biblia está en 2 Corintios 4:7: “Pero tenemos este tesoro en vasos de barro, para que la excelencia del poder sea de Dios y no de nosotros.” Luego, Pablo procede a describir esas vasijas de barro, hombres que están muriendo, atribulados en todo, perplejos, perseguidos, derribados. Y aunque nunca abandonados ni desesperados, esos hombres y mujeres como tú, sois usados por Dios y estáis constantemente llevando la carga en vuestros cuerpos humanos, esperando ansiosamente ser revestidos con un cuerpo nuevo.

Dios se burla del poder del hombre. Él se ríe de nuestros esfuerzos ególatras de ser buenos. Él nunca usa al grandioso ni al poderoso, sino que usa a las cosas débiles de este mundo para confundir a los sabios. Soy consciente de que Dios está usando a esta mujer, situada en la periferia y vinculada con muchas causas donde los pobres son el referente y el centro de su actividad.

Dios todavía eligiendo al débil para revelar su fuerza.

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