“… y me dejaréis solo; más no estoy solo porque el Padre está conmigo” Jn. 16:32.

Hay, básicamente, dos tipos de soledades: la buscada y la encontrada sin buscarla. La primera, bien vivida, puede ser enormemente positiva, pues hay cosas muy importantes que sólo se pueden encontrar en la soledad (“en tu aposento y a puerta cerrada” Mt. 6:6).

Pero hay otra que es encontrada sin buscarla, y que muchas veces es dolorosa, porque el ser humano necesita sentir el apoyo, la cercanía, el cariño y la comprensión de otras personas. 

Jesús buscaba muchas veces la soledad, pero ahora, en el texto que nos introduce, está anticipando una soledad diferente, aquella que llega cuando los demás se van aunque tú no quisieras que se fueran. Ésa duele, y duele en lo profundo. Y, sin duda, a Jesús le iba a doler.

Pero el texto es extraordinario porque nos introduce una dimensión más amplia y de mayor alcance: si estás con Dios no puedes estar solo, tienes la compañía más llena de amor, comprensión y ternura que pueda existir.

Y no se trata de reducir la importancia de la compañía humana, pero sí de dimensionar y valorar, ¡y vivir!, con toda su riqueza la compañía divina: “Porque el Señor tu Dios es el que va contigo; no te dejará ni te desamparará” (Dt. 31:6).

Antonio Mártinez Carrión

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