Dios cristiano vs. Dios judío

Por Alberto Fernández 

En las semanas previas, había reflexionado acerca del vacío existencial que provoca el ateísmo. Había comentado que no son iguales todas las creencias ni todas las increencias. Mencioné que diversas comunidades del primer siglo mostraron haber descubierto a un Dios en el que quizás podría merecer la pena confiar. 

Cuando nos asomamos a los escritos que han salido de esas comunidades, los denominados Evangelios, nos damos cuenta de que la imagen del Dios que presentan los evangelistas choca con cierta idea de Dios propia de nuestra cultura occidental. Esperamos que nos hablen de un Dios todo perfección, todo potencia, en su trono de gloria, mirando a sus criaturas “desde el otro lado de la barrera”, casi indolente. Esta idea, con influencias de la filosofía griega y medieval, nos lleva a pensar que Dios no actúa en nuestra historia presente. Esta idea ha derivado en las imágenes habituales de algunas religiones en las que Dios aparece como una especie de inspector de cuentas cuya dedicación principal es vigilar los actos, pensamientos y deseos de sus criaturas para administrar, según “debe y haber”, un premio o un castigo eternos en una vida de ultratumba. Pero esta imagen poco tiene que ver con el Dios de los Evangelios, con el Dios de los judíos, con el Dios de Jesús, con el Dios que se define a sí mismo como “Yo soy el que veréis quién soy”, Aquel a quien conoceremos por lo que hace (Éxodo 3,14). Si no conocemos al Señor de Israel, estamos en inferioridad de condiciones respecto a los judíos que rodeaban a Jesús de Nazaret. Ellos tenían mayor facilidad para comprender sus palabras que el común de los cristianos actuales. Los enemigos que lo condenaron y los amigos que lo abandonaron, tuvieron mejor y más próxima comprensión de las palabras del nazareno que nosotros. Porque el Dios de Jesús no era el producto de una filosofía sino el Dios de los hebreos, el Dios de las promesas dadas a Abraham, el Dios libertador de Moisés, el Dios siempre fiel de los profetas. Tendemos a olvidar esto. Y sin conocer al Dios de los judíos, es casi imposible entender el mensaje de Jesús ni estar en condiciones de ser cristiano, seguidor del Cristo, porque ni siquiera creeremos en el mismo Dios.

Me despido esta semana reflexionando con las resonancias de Éxodo 12,31-42, que nos presenta las primeras vivencias de libertad del pueblo de los hebreos, personas que habían sufrido durante demasiado tiempo la esclavitud, el maltrato, los abusos, el genocidio. Esa noche, por vez primera, sienten la libertad. Cuando su existencia se había convertido en grito de desesperanza, experimentan en sus vidas una fuerza salvadora de valor infinito. Es la “noche en que veló el Señor para sacarlos de Egipto”.

0Shares

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *