Christina Moreira, el miedo está demasiado presente en la Iglesia Católica Romana.

La denuncia maliciosa con demasiada frecuencia es recompensada y eficaz. Sin embargo, si el miedo está presente, la fe se vuelve imposible.

 Dice Christina “¿Viviré lo suficiente para no tener que preocuparme más por la última frase del Papa, las encíclicas y otros textos que con demasiada frecuencia tienen prioridad sobre las palabras del Maestro? ¿Viviré lo suficiente para las opiniones de las mujeres y Niños maltratados y violados, son más importantes que los decretos rellenos de sellos recién dibujados en despachos acolchados decorados con bellos cuadros … de otros siglos pasados. 

Me gustaría estar allí… entonces… para celebrarlos y consolarlos, en el nombre de Jesús. Después, la Iglesia… importa mucho menos, incluso con mayúscula.” “Crear los cambios necesarios es urgente para preservar la poca credibilidad que nos queda, y no para nosotros mismos sino porque el mensaje que llevamos, que viene de Otro, es confiable y rico, beneficioso y lleno de significado, y porque todo ser humano debe entenderlo, así entiendo yo la misión sacerdotal, y la de todos los bautizados por las prerrogativas de su bautismo. A menudo repito, cuando me preguntan sobre esto, que el mal no pasa por los vestidos sino por lo que hay adentroel clericalismo causa estragos con y sin hábito. La actitud clerical vive en el interior y no en la ropa, además muchos laicos la practican sin sotana, prestándose a las sumisiones o reproduciéndolas, quizás sin saberlo. ” Añade.

Estoy de acuerdo con Christina. El cristianismo tiene su origen en Jesús de Nazaret, pero Jesús no fue sacerdote. Jesús fue un laico, que vivió y enseñó un mensaje como laico. Jesús reunió un grupo de discípulos y nombró doce apóstoles, pero aquel grupo estaba compuesto por hombres y mujeres que iban con él de pueblo en pueblo (Lc 8,13 Mc 15, 40-41)

¿De dónde nace este miedo al diferente en la Iglesia, cuando Jesús de Nazareth, en quien dice inspirarse, era un ser diferente, que actuaba fuera de las normas, más aún, estaba contra las normas de su iglesia, la judía, cuando consideraba que contradecían la libertad del hombre? Se pronunció contra la ley del sábado, sagrada para los creyentes judíos; contra los sacrificios de animales en el Templo y las especulaciones económicas derivadas de aquellos sacrificios. La tomó a latigazos contra aquellos mercaderes.

A la Iglesia le da miedo todo lo que no se encuadra en el orden por ella trazado.

La iglesia vivió durante casi doscientos años sin sacerdotes. La comunidad celebraba la eucaristía, pero nunca se dice que la presidiera un “sacerdote” En las comunidades cristianas había responsables o encargados de diversas tareas, pero no se los consideraba hombres especialmente “sagrados” o consagrados.

La Iglesia que fundó Jesús es el nuevo Pueblo de Dios: un pueblo sacerdotal, profético y real. Jesucristo es Aquel a quien el Padre ha ungido con el Espíritu Santo y lo ha constituido “Sacerdote, profeta y Rey”. “Todo el pueblo de Dios participa de estas tres funciones y tiene las responsabilidades de misión y de servicio que se derivan de ellas”, indica el catecismo (783) El papa Francisco también nos ha advertido del peligro del clericalismo.

Jesús fue laico, no sacerdote. No quiso reformar las instituciones sacrales antiguas, ni crear unas nuevas, sino potenciar los valores de la vida, partiendo de los excluidos, en línea de gratuidad, siendo asesinado por ello. Sus seguidores creyeron en él y fundaron comunidades para mantener su memoria, centrada en el mensaje de Reino, del perdón y del pan compartido. El clero debe de recordar aquella frase de Jesús en la que afirmó que había venido a servir y a no ser servido. ¡El servicio no es poder, sino todo lo contrario! La misión más importante que tiene la jerarquía es servir al pueblo de Dios y no servirse del mismo para mantener, en muchos casos, situaciones de privilegios. Es cierto que el papa Francisco está haciendo una buena labor pero hay muchos jerarcas que no se enteran o no quieren enterarse. 

Dios no es jerarquía (poder sagrado) sino amor expansivo y comunión gratuita: no se revela en un  sistema sacral superior, sino en el amor personal de quienes salen al encuentro de los excluidos y suscitan ámbitos de diálogo afectivo y contemplativo. La autoridad de la iglesia se identifica con el amor mutuo de los creyentes, fundado en la palabra de gracia de los apóstoles de Jesús. Ciertamente, la iglesia es apostólica, pero no clerical ni episcopal en el sentido posterior.

Hoy día, tanto en círculos católicos como protestantes, se reconocen los carismas de todos los fieles y se cuestiona constantemente el clericalismo. ¡El poder mundano no atrae a nadie!
La prueba la tenemos en la cruz de Cristo, que ejerce un poder infinitamente mayor que el poder mundano. Jesús, desde la cruz, nos atrae.

Me vienen a la mente aquellas palabras del Magnificat: “Su abrazo intervendrá con fuerza, desbarata los planes de los arrogantes, derriba del trono a los poderosos y exalta a los humildes. A los hambrientos los colma de bienes y a los ricos los despide vacíos”. La élite pensante eclesial ha desconfiado mucho de la capacidad de los laicos y se ha conformado pacíficamente con “la fe del carbonero”. ¿Qué hacemos con quienes de hecho no tienen una formación suficiente, una capacidad adecuada de resistencia y de respuesta?

Se cierran librerías religiosas con el pretexto de que no son rentables. Algunos eclesiásticos han caído en la trampa de la planificación y el mercado, aplicando a la iglesia católica las formas del sistema.

¿Qué pasaría si se acabaran los sacerdotes en la Iglesia? Simplemente que la Iglesia recuperaría, en la práctica, el modelo original que Jesús quiso. Lo que pasaría, por tanto, es que la Iglesia sería más auténtica. Una Iglesia más presente en el pueblo y entre los ciudadanos. Una Iglesia sin clero, sin funcionarios, sin dignidades que dividen y separan. Sólo así retomaríamos el camino que siguió el movimiento de Jesús; un movimiento profético, carismático, secular.

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