Al obispo de Mondoñedo-Ferrol le causa gran impacto la llamada del nuncio para informarle de que había sido nombrado obispo de León.

 «Me causó un gran impacto. Recibí una llamada desde un número desconocido, era el Nuncio. Me habló de muchas cosas y al final me dice que que el papa me había nombrado obispo de León. Fue un momento impactante, después de esa llamada tuve que hacer una gran reflexión».

Me comentaba lo siguiente un buen amigo: “Le causa un gran impacto”. Cada día entiendo menos esa carrera eclesiástica hacia la nada. ¿No tienen bastante con amar a la diócesis para la que han sido elegidos? Es triste eso de diócesis de ascenso, diócesis de término……¿ No tienen bastante con amar a la diócesis para la que han sido elegidos? Es triste eso de diócesis de ascenso, diócesis de término……

En la Iglesia primitiva todos los cristianos se sentían responsables y participaban en la toma de decisiones. No aceptaban, sin más, las decisiones que se tomaban sin contar con la comunidad. El valor supremo de aquellos cristianos no era la sumisión, sino la responsabilidad.

En cuanto obispos de Roma, los papas eran elegidos en los primeros siglos como los demás obispos cristianos: por el clero y el pueblo. Las iglesias cristianas imitaron las prácticas imperantes en las elecciones de los magistrados de las ciudades greco-romanas: el suffragium, o aclamación. Este principio fue afirmado de una manera rotunda a mediados del siglo III por san Cipriano, obispo de Cartago: «Manda Dios… que las ordenaciones episcopales se han de hacer con el consentimiento del pueblo que asiste para que, estando presente el pueblo, se descubran los crímenes de los malos y se hagan públicos los méritos de los buenos, y la ordenación sea justa con el voto y juicio de todos» (Epist. 67).

Con la conversión de Constantino y su apoyo decidido a la Iglesia a partir de 312, las cátedras episcopales comenzaron a ser un honor altamente apetecido y las luchas por el poder se hicieron más frecuentes. Los emperadores tampoco querían permanecer indiferentes a la persona que ocupase la cátedra de la capital. El principio de elección popular siguió vigente, aunque a partir del Concilio Ecuménico de Nicea de 325 se intentó reducir la importancia del pueblo y potenciar la de los clérigos y obispos vecinos. 

La Iglesia oficial ha estado y todavía está demasiado metida en una estructura de poder: un Papa Jefe de Estado, unos representantes de la Iglesia romana que pertenecen al cuerpo diplomático… Todo esto lleva a que casi la única presencia pública que aparezca sea la de la Iglesia oficial. Y lleva también a que la búsqueda de esa presencia pública se haga como una lucha de poder a poder.” ¡La Iglesia nombra hoy a sus obispos en contra del evangelio!

Cipriano aboga por la elección del obispo en presencia de la comunidad y con el consentimiento del pueblo : (IV 1-3) «Dios manda que ante toda la asamblea se elija al obispo, esto es, enseña y muestra que es preciso que no se verifiquen las ordenaciones sacerdotales sin el consentimiento del pueblo que asiste, de modo que en presencia del pueblo que asiste se descubran los delitos de los malos, o se publiquen los méritos de los buenos y así sea la elección justa y regular, después de examinada por el voto y el juicio de todos….

En los primeros tiempos del cristianismo, la Iglesia no funcionaba así. Cuando Judas se suicidó, Pedro reunió a la comunidad para nombrar un sustituto y fue la comunidad quien decidió el procedimiento para designar a Matías (Hech. 1, 15-26). Cuando en la comunidad de Jerusalén hubo problemas, se reunieron todos y entre todos eligieron a siete colaboradores para atender a los de origen griego (Hech. 6, 1-6). Algo después, Pablo y Bernabé designaban en las comunidades, por votación a mano alzada (tal es el sentido del verbo griego jeirotonéo), a los presbíteros (Hech. 14, 23; también 2 Cor. 8, 19; Didaché 15, 1; Ignacio de Antioquía, Pol. 7, 2). Esta práctica se mantuvo en los siglos siguientes. 

La recomendación de Cipriano coincide con el consejo de San Pablo: «Palabra fiel: si alguno desea el episcopado, buena obra desea: pero es preciso que el obispo sea irreprensible, marido de una sola mujer, sobrio, prudente, cortés, hospitalario, capaz de enseñar; no dado al vino ni pendenciero, sino ecuánime; no camorrista ni amigo del dinero; que sepa gobernar bien su propia casa, que tenga los hijos en sujeción, con toda honestidad; pues quien no sabe gobernar su casa, ¿cómo va a cuidar de la Iglesia de Dios? No neófito, no sea que, hinchado, venga a incurrir en el juicio del diablo. Conviene asimismo que tenga buena fama ante los de fuera, porque no caiga en infamia y en las redes del diablo» (1 Timoteo 3)
Según el evangelio el candidato a obispo debe ser una persona moralmente intachable y de sólida fe: ortodoxia y ortopraxis. El pueblo colaboraba con los obispos ayudando a expurgar la aptitud moral y espiritual del candidato.

Más aún, cuando en la persecución de Decio (año 250), los obispos de León, Astorga y Mérida no dieron el debido ejemplo de fe, las comunidades de esas diócesis se reunieron y los destituyeron. La situación llegó a ser tan grave, que san Cipriano convocó un concilio en Cartago. Los 37 obispos allí reunidos redactaron un documento que conocemos por la carta 67 de Cipriano. En este documento se dicen tres cosas:

El pueblo tiene poder, por derecho divino, para elegir a sus obispos; el pueblo tiene también poder para quitar a los ministros de la Iglesia cuando son indignos;ni el recurso al obispo de Roma debe cambiar la decisión comunitaria cuando tal recurso no se basa en la verdad (Epist. 67, 3, 4 y 5).

En aquel tiempo la Iglesia se parecía más a lo que quiso Jesús que lo que se parece la Iglesia que ahora tenemos. Porque, en la Iglesia primitiva, los obispos no habían acaparado todo el poder, como ocurre ahora. El centro de la Iglesia no estaba en el clero, sino en la comunidad de los fieles. 

El resultado de todo esto está a la vista: cada día las iglesias están más vacías, los cristianos estamos más desilusionados y bastantes clérigos desconcertados porque no se cuenta con ellos para nada, y no saben qué hacer. Y según parece, con poco entusiasmo para emprender caminos de renovación y puesta al día. La concentración del poder en unos pocos produce sumisión y orden. La sumisión y el orden generan miedo. Y el miedo, parálisis o incluso marcha atrás.

«El pueblo, obediente a los mandatos del Señor (…) tiene le poder de elegir obispos dignos y recusar a los indignos. Sabemos que viene de origen divino elegir al obispo en presencia del pueblo y a la vista de todos, para que todos lo aprueben como digno e idóneo por testimonio público (…). Dios manda que ante toda la asamblea se elija al obispo (…) Esto observaban los Apóstoles, no sólo en la elección de obispos y presbíteros, sino en la de diáconos”  Carta 67 (ed. BAC, 634-635; cit. por J. I.González Faus, Ibid., 24-25).

El centro de la Iglesia en la iglesia primitiva no estaba en el clero, sino en la comunidad de los fieles. Por eso los feligreses no eran la clientela de los clérigos.

El valor supremo en la Iglesia primitiva no era la sumisión, sino la responsabilidad.

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